Lucas Graves
Universidad de Wisconsin-Madison
lucas.graves@wisc.edu
Tomás Dodds
Universidad de Wisconsin-Madison
doddsrojas@wisc.edu
Lucas Graves es Investigador Distinguido de la Universidad Carlos III de Madrid. Ha estado a la vanguardia de la investigación sobre el movimiento global de verificación de datos y es autor de “Deciding What’s True: The Rise of Political Fact-Checking in American Journalism” (2016, Columbia University Press). Su trabajo ha aparecido en The New York Times, Columbia Journalism Review, Nieman Journalism Lab, Wired y numerosas revistas académicas. Es investigador asociado del Reuters Institute for the Study of Journalism en la Universidad de Oxford, donde anteriormente fue Director de Investigación.
Tomás Dodds es Profesor Asistente en Periodismo y Comunicación en la Universidad de Wisconsin-Madison. Está afiliado al Centro de Ética Periodística de la misma universidad, y al Berkman Klein Center for Internet & Society de la Universidad de Harvard. También fue investigador en el AI, Media & Democracy Lab y el Instituto de Estudios Avanzados (IAS), ambos de la Universidad de Ámsterdam. Su investigación explora la relación entre el periodismo y la tecnología con un enfoque en cómo los periodistas y las organizaciones de medios pueden desarrollar herramientas de código abierto y sistemas de inteligencia artificial que sirvan al interés público.
INTRODUCCIÓN
Más que cualquier otro centro de formación profesional, las escuelas de periodismo existen en un constante estado de tensión con los profesionales a los que buscan servir. Tradicionalmente, la cultura de trabajo en las salas de prensa es escéptica de la formación universitaria de los periodistas, prefiriendo en cambio las habilidades y la experiencia que se adquiere durante el desarrollo práctico del periodismo. Esta actitud no es nueva, sino que está arraigada en la historia misma del reporteo periodístico. Durante décadas, esta fue una profesión que no requería de un título universitario (Daros 2024), y mucho menos de escuelas especializadas en la formación de periodistas con nivel universitario. Ya cuenta la historia de un famoso editor de periódico que durante el siglo XIX comparó la idea de escuelas de periodismo con escuelas de natación1. Para todo puede haber una escuela, aunque algunas cosas se aprendan mejor saltando al agua.
Este escepticismo ha perdurado en el tiempo, incluso cuando hoy la mayoría de los periodistas tienen educación formal o universitaria en el campo. Al mismo tiempo, la investigación que los departamentos de periodismo y comunicaciones se empeñan en realizar solamente sirve para ahondar la división que tienen con los periodistas en ejercicio. Así como los mismos académicos reconocen de vez en cuando al reflexionar sobre el poco impacto y relevancia que sus investigaciones tienen para los periodistas (Schaetz et al. 2025). Más aún, el problema parece empeorar cuando las pocas investigaciones que sí podrían tener un impacto positivo son difíciles de acceder porque están cerradas detrás de los muros de pago de las revistas académicas o escritas con prosas académicas
que tienden a repeler a lectores casuales. Y, por supuesto, esta brecha es aún mayor para los periodistas que trabajan fuera de las grandes redacciones de los países occidentales ricos, que suelen concentrar la atención de quienes investigan sobre periodismo. Sin embargo, los contornos de esta relación incómoda no son estáticos. Desde que las redacciones comenzaron a trasladarse al entorno digital a mediados de los años noventa, tanto el trabajo cotidiano de los periodistas como los modelos de negocio de los medios han sido transformados por un panorama mediático en constante cambio. Si bien la demanda de innovación permanente pone en evidencia las limitaciones ya conocidas de las escuelas de periodismo, también ha llevado a docentes e investigadores a replantearse sus misiones y, en muchos casos, a colaborar más estrechamente con las redacciones.
Este capítulo sostiene que la adopción generalizada de sistemas de inteligencia artificial generativa representa una nueva y urgente oportunidad para redefinir la relación entre los periodistas y las escuelas de periodismo. Incluso más que las transformaciones digitales de las últimas décadas, el surgimiento de modelos de IA generativa, entrenados con miles de millones de páginas de noticias, investigaciones académicas y otros textos producidos por humanos, desafía supuestos fundamentales sobre cómo el público buscará información y cómo los medios la producirán. También plantea preguntas similares sobre el propósito y la organización de las instituciones académicas, incluidas las escuelas de periodismo. Analizamos los desafíos específicos que plantean estas tecnologías y cómo podrían abordarse, en parte, mediante una mayor colaboración entre periodistas, escuelas de periodismo y una constelación emergente de iniciativas de la sociedad civil centradas en una IA responsable.
ENTENDIENDO LA BRECHA
La tensión persistente entre los periodistas y las escuelas que los forman —que se refleja en el profesorado y los planes de estudio de las propias escuelas— tiene sus raíces en la doble identidad del periodismo como oficio y profesión. Las primeras escuelas de periodismo surgieron a principios del siglo XX como parte de un proyecto explícito de profesionalización, que también vio nacer las primeras sociedades profesionales y códigos de ética para periodistas. «Ninguna otra profesión tiene una relación más vital con el bienestar de la sociedad o con el éxito del gobierno democrático que el periodismo», declaró la primera asociación estadounidense de escuelas de periodismo en 1925, comparando a los periodistas con médicos y abogados (Bleyer 1931). Aunque la profesionalización se afianzó primero en los Estados Unidos, argumentos parecidos han acompañado el surgimiento de la educación en periodismo en otras partes del mundo a lo largo del siglo XX (Deuze 2006; Josephi 2016; Mensing 2019).
A pesar de estas aspiraciones profesionales, la idea de que el periodismo sigue siendo un oficio que solo se aprende en la calle, persiguiendo historias bajo plazos muy ajustados, continúa siendo fundamental en la identidad que tienen los reporteros y editores de sí mismos (Arregui Olivera 2025). La convicción de que el oficio no puede aprenderse en un aula universitaria se fortalece con la sospecha de que una formación académica elitista termina por atenuar los instintos críticos y la perspectiva independiente del periodista. «Los mejores periodistas son casi la antítesis de los profesionales», escribió Michael Lewis en 1993 en su célebre reportaje sobre la prestigiosa escuela de periodismo de la Universidad de Columbia. Según Lewis, un exceso de «respeto por la autoridad» acaba por inhibir el buen periodismo. Hoy en día, el costo exorbitante de los programas de élite no hace sino reforzar la idea de que la formación universitaria en periodismo es un gasto innecesario que además excluye precisamente a las voces que más necesita el campo (Grueskin, Salmon, and Neason 2018).
«Muchas personas que asistieron a las universidades de mayor prestigio no tienen la menor idea de cómo conectar con la clase trabajadora», afirmó recientemente un periodista en una discusión del tema (Wang 2022). Las últimas estadísticas indican que más del 80 por ciento de los periodistas en el mundo tiene un título universitario, y más del 60 por ciento cuenta con un título especializado en periodismo o comunicación (Josephi et al. 2019). Sin embargo, las preocupaciones sobre lo que en inglés se llama el classroom-newsroom gap parecen surgir allí donde se consolidan las escuelas de periodismo (e.g. Emmanuel, Okoro, and Ukonu 2021; Guo and Wang 2022; Pereira 2025). Deuze (2006) ha denominado esto como «el debate mundial sobre si la formación académica en periodismo debería existir en absoluto». Paradójicamente, los cambios acelerados y los desafíos agudos que enfrentan las redacciones en la era digital han atenuado en parte esta tensión. Especialidades emergentes como el periodismo computacional o el uso de OSINT requieren habilidades que no pueden adquirirse directamente en la mayoría de las salas de redacción, mientras que los nuevos modelos de sostenibilidad han llevado a que muchas redacciones independientes colaboren con universidades o incluso se alojen en programas académicos (Mensing 2019).
«Muchas escuelas de periodismo se están convirtiendo en viveros de innovación e investigación para el negocio de las noticias», y no solo en centros de formación profesional, sostiene el ex decano académico de la escuela de periodismo de Columbia (Grueskin et al. 2018). Aunque recibe menos atención que la docencia, la distancia que separa a los investigadores en periodismo de los periodistas en activo es, sin duda, mucho más profunda. Los académicos en periodismo y comunicación suelen declararse alineados con la misión de fortalecer una prensa democrática, un compromiso que aparece en los primeros párrafos de innumerables estudios académicos
sobre periodismo. Sin embargo, basta una mirada rápida a las principales revistas especializadas para comprobar que solo una fracción mínima de esos estudios tiene alguna relevancia práctica. «La investigación sobre periodismo… puede parecer bastante alejada de las realidades cotidianas de la profesión», ha observado Seth Lewis, un reconocido investigador que antes trabajó como reportero (Holan 2023). Una encuesta reciente descubrió que los periodistas confían en la investigación sobre periodismo menos de una vez al año en promedio (Wilner and Bélair-Gagnon 2023). Las razones de esta desconexión son bien conocidas. Tienen que ver principalmente con los incentivos que rigen las carreras académicas: salvo por unos pocos centros de investigación dedicados específicamente a atender a los profesionales, los académicos en comunicación reciben pocas recompensas —y a menudo tienen poco interés o capacidad— para responder a las preguntas concretas que enfrentan los directores de redacción y los periodistas en activo (Crittenden 2024). Por el contrario, los investigadores escriben para sus colegas y se sienten atraídos por proyectos que demuestren su dominio de teorías o métodos sofisticados, en lugar de ayudar a las redacciones a atraer y fidelizar audiencias. «No necesito que me resuelvan las grandes preguntas filosóficas… tal vez es divertido, ya sabes, para comentarlo en un cóctel. Pero yo necesito saber lo práctico», comentó un editor en un estudio reciente que explora cómo perciben los periodistas la investigación académica (Wilner et al. 2025).
Otros problemas derivan de estos incentivos mal alineados. Los periodistas valoran un lenguaje claro y atractivo, y tienen poca tolerancia hacia la escritura académica, que suelen considerar innecesariamente compleja y cargada de jerga. «Incluso la investigación que me interesa, la forma en que está escrita y presentada es increíblemente soporífera y difícil de digerir», comentó un periodista en el estudio citado anteriormente (Wilner et al. 2025). (A la inversa, el proceso de revisión por pares puede castigar a los estudios redactados con demasiada claridad, al considerarlos “simple periodismo”). Además, la investigación académica suele tardar meses —o incluso años— en publicarse, lo que reduce su impacto potencial en las redacciones. Y como los académicos obtienen poco reconocimiento profesional por trabajos publicados fuera de revistas especializadas, es posible que los periodistas ni siquiera lleguen a enterarse de su existencia.
CREANDO PUENTES EN LA ERA DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL
El desarrollo de tecnologías basadas en sistemas de inteligencia artificial presenta nuevos desafíos tanto para los periodistas como para quienes estudian periodismo. Como sostienen Dodds, Zamith y Lewis (2025), este giro hacia la inteligencia artificial en el periodismo nos obliga a replantear la identidad del periodismo
y su relación con las nuevas audiencias. ¿Qué significa ser un periodista cuando cada vez más de tu trabajo es automatizado por sistemas algorítmicos? ¿Cuál es el rol de los medios cuando los usuarios obtienen sus noticias a través de chatbots y otras plataformas? Los avances de la inteligencia artificial generativa, debido a su capacidad de producir contenido similar al humano a gran escala, amenazan algunas de las capacidades creativas fundamentales del periodismo (Guzman and Lewis 2024).
Con ello, ponen en tensión la autoridad epistémica de los periodistas como fuente de información confiable, su experiencia y su conocimiento. Es aquí, cuando la autoridad profesional de los periodistas en ejercicio está más amenazada que nunca, donde vemos nuevas oportunidades para que académicos e investigadores establezcan puentes para crear relaciones productivas y beneficiosas con los medios. En particular, en este capítulo nos enfocamos en dos tipos de actividades que crean puentes entre las universidades y los medios: instancias formativas y el desarrollo de soluciones tecnológicas. Durante los últimos años, y previendo la irrupción cada vez más significativa de la IA en el periodismo, distintos proyectos académicos han intentado crear instancias formativas que escapen al formato tradicional de la enseñanza universitaria.
Es decir, que salgan de las salas de clase para encontrar a los periodistas en ejercicio en sus propios contextos. Algunos ejemplos que vale la pena recalcar aquí son el Oxford Climate Journalism Network o The Knight Lab (Cherubini and Peretti 2025), ambos proyectos que buscan entrenar diseñadores, periodistas y programadores para el uso responsable de la IA. En particular, los llamados skillshops o talleres especializados permiten capacitar a periodistas en temas emergentes como el uso responsable de modelos de lenguaje, el rastreo de desinformación mediante herramientas automatizadas, o la creación de flujos de trabajo que incorporen IA sin comprometer la integridad editorial. Así, iniciativas como JournalismAI, impulsada por la London School of Economics, han demostrado que este enfoque funciona (Beckett 2024). JournalismAI ha desarrollado programas de formación colaborativos donde periodistas de distintas regiones del mundo trabajan junto a tecnólogos y académicos para experimentar con usos éticos de la inteligencia artificial en sus redacciones. De hecho, uno de los autores de este capítulo participó como instructor en uno de los módulos del JournalismAI Academy para América Latina.
El objetivo de la sesión fue identificar posibles riesgos éticos durante el uso de sistemas de inteligencia artificial y la creación de guías éticas para proteger a los medios y sus trabajadores a medida que estas tecnologías evolucionan. Lo interesante de esta experiencia no fue solo la transferencia de conocimiento, sino la co-creación. Es decir, ser parte de las preguntas y necesidades reales de los periodistas para diseñar soluciones a su medida.
Otra dimensión clave en la que los académicos pueden contribuir es en el desarrollo de soluciones tecnológicas. Esto quiere decir que en lugar de limitarse a observar y analizar el impacto que la tecnología tiene en el periodismo, como observadores pasivos y ajenos, los investigadores pueden y deben involucrarse activamente en el diseño y la implementación de herramientas que respondan a los valores e intereses del periodismo. El conocimiento técnico debe salir de las universidades y aplicarse efectivamente en aquellos lugares donde es necesario. Este tipo de colaboración puede ayudar a que los medios eviten la dependencia de productos desarrollados por grandes plataformas tecnológicas, cuyas lógicas comerciales e intereses a menudo están en tensión con los ideales del periodismo. Por ejemplo, en los Países Bajos, el AI, Media & Democracy Lab ha impulsado el desarrollo de algoritmos auditables y transparentes para su uso en redacciones, priorizando la autonomía tecnológica y la rendición de cuentas.
Pero esta colaboración no puede ser unidireccional. El periodismo también tiene mucho que ofrecer al mundo académico, y su involucramiento activo puede tener un impacto transformador. Una forma de hacerlo es abriendo sus espacios y flujos de trabajo a los investigadores, no como objetos de estudio, sino como socios. Esta apertura facilita la circulación de conocimiento académico al interior de las organizaciones periodísticas, evitando el riesgo de los llamados knowledge silos: compartimentos estancos donde la información queda atrapada en entornos especializados y no llega a quienes más la necesitan (Dodds, Vandendaele, et al. 2025). A través de colaboraciones sostenidas, los hallazgos de investigaciones relevantes (por ejemplo, sobre sesgos algorítmicos, percepciones públicas de la IA o efectos de la automatización en el empleo periodístico) pueden ser incorporados en la toma de decisiones editoriales y organizacionales. Más importante aún es el rol que los periodistas pueden cumplir traduciendo el conocimiento académico para un público general. En un momento donde el discurso científico y experto se encuentra cada vez más cuestionado (Westlund et al. 2025), es que el periodismo puede funcionar como puente entre la academia y la sociedad. Esto implica no solo transmitir hallazgos en un lenguaje que es fácil de entender, sino también hacerlo a través de formatos y plataformas que estén en sintonía con los hábitos informativos contemporáneos.
La CNN Academy, por ejemplo, ha desarrollado proyectos en los que jóvenes periodistas aprenden a traducir temas complejos, como la regulación de la IA, las implicaciones éticas de los deepfakes o la manipulación de imágenes generadas por IA, en piezas audiovisuales breves diseñadas para TikTok e Instagram. El objetivo no es solo formar habilidades técnicas, sino cultivar una sensibilidad crítica que permita al periodismo mantener su rol como garante de la deliberación democrática en entornos tecnológicos cada vez más opacos.
LOS PUENTES YA EXISTEN
Tal como argumentan Cherubini and Peretti (2025) ya podemos ver algunos puentes que existen entre la academia y la industria periodística. Este capítulo es muy corto para hacerle justicia a todas las iniciativas, incluyendo las que se originan desde la sociedad civil, que buscan asistir a los medios en tiempos de crisis. Sin embargo, nuestro argumento se mantiene: Cerrar la brecha entre periodistas y académicos no es solo una aspiración retórica. Como estos ejemplos muestran, esta es una tarea concreta que requiere tiempo, recursos y voluntad. Pero es en este momento, cuando el uso de la IA genera tanta fascinación como temor, que las puertas de los medios se han abierto para recibir a quienes estén dispuestos a asistirlos a evitar soluciones tecnológicas impuestas desde afuera, poco sensibles al contexto o a los valores propios de las organizaciones.
Finalmente, cerrar esta brecha requiere reconocer y valorar las distintas formas de construir conocimiento. Los puentes que se mantienen hasta hoy tienen en común que reconocen que los periodistas generan conocimiento desde la práctica cotidiana, con plazos y percepciones sobre su audiencia distintos a los académicos. Estos saberes no son inferiores a la academia, sino complementarios. Podemos inspirarnos en la fe del filósofo John Dewey en el poder de un periodismo revitalizado por la ciencia, el arte y las nuevas tecnologías para ayudar al público democrático a encontrarse en un momento anterior de cambio profundo: «Cuando la era de las máquinas haya perfeccionado así su maquinaria, será un medio de vida y no su amo despótico».
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